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jueves, 6 de agosto de 2015

REALIDAD E IRREALIDAD EN SOLARIS

Por Miguel Florián



No queremos conquistar el universo, sino extender nuestro mundo. Deseamos un espejo. El hombre solo busca otro hombre.
Andrei Tarkovski, Solaris

Recuerda solo que ella es un espejo, y que refleja una parte de tu mente.
Stanislav Lem, Solaris

            “Para mí no hay duda de que el objetivo de cualquier arte que no quiera ser 'consumido' como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y de la existencia humana”, escribe Andrei Tarkovski en El arte como ansia de lo individual[1]. Y, ciertamente, se mantuvo siempre fiel a esta convicción desde que en 1962 rodara su primer largometraje, La infancia de Iván. Su concepción de lo que debe ser el arte en general, y el cine en particular, fue exigente y contrasta con la parquedad de medios de que se sirvió. No es de extrañar que en Solaris (1972) aparezca el busto de Sócrates en repetidas ocasiones, tanto en su casa terrestre como en la biblioteca de la estación planetaria. El ideal socrático era  la introspección, la necesidad de indagar en lo recóndito humano. “Conócete a ti mismo” rezaba el lema délfico que hizo suyo el pensador ateniense. De igual manera, el cine de Tarkovski brota del afán por desentrañar el misterio humano, por comprender ese microcosmos que se alberga en el seno de cada uno y que refleja el macrocosmos que nos envuelve.